El disco del espaldarazo definitivo para Fito; el que hizo que la gente dejase de identificarle como el cantante de Platero y tú; el que le abrió a públicos que desconocían a la banda bilbaína; el que le dio su primer gran éxito, Soldadito marinero, y el que sentó las bases del sonido Fito (Un buen castigo, Quiero ser una estrella, Nada quiero decir...) –un imaginario punto de encuentro entre Secretos, Dire Straits y Rory Gallagher–. “Con Lo más lejos… descubrí que tener una banda ya no era sólo algo divertido”, recuerda el propio Fito. “Acepté que éste era mi trabajo, que no se trataba de un juego, si no de mi forma de ver la vida y sus expansiones”.
Nada más acabar la grabación, angustiado por un descontrolado consumo de speed y alcohol, ingresó en una clínica para desintoxicarse. “La psiquiatra, con sólo mirarme, ya me dijo que ni volviera a casa a por ropa, que yo me quedaba allí directamente. Estuve tres semanas en la Clínica Indautxu, con un montón de chalados como yo. De las dos primeras no recuerdo nada, estuve completamente empastillado. Era extraño que para que dejase las drogas, me pusieran hasta el culo de ellas. No dormía casi nada por la noche, me daba miedo, y por el día las enfermeras no me dejaban dormir, naturalmente. Me pasaban cosas raras en la cabeza, no conseguía conciliar el sueño tumbado, sólo sentado”. Lo primero que hizo al salir de la clínica fue comenzar una gira de 150 conciertos –un año largo en la carretera– que le encumbró. Las canciones de Lo más lejos… –La casa por el tejado, Feo…– habían calado hondo y se le requería “en sitios que un año antes no nos cogían el teléfono”.
pobre fito...
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